Amor mío, no hay palabras

El otro día tuve una conversación con mi hermana Marisa en la que hablábamos de calles de nuestro barrio, de Estrecho. Y la entendí mal, y cuando me hablaba de la calle Navarra yo entendía Pamplona. Y al desfacer el entuerto, recordé una pintada que había en la antigua Pamplona, frente a la Policlínica: «Amor mío, no hay palabras».

Creo que es difícil expresar de una manera tan sugerente lo que es el amor. A veces lo mejor para expresar lo inefable es no intentar definirlo Eso es poesía. Me gustaría algún día escribir algún poema que dijera tanto como esa pintada, que aguantó años y años, hasta que las palas de Gallardón la tiraron abajo.

7 comentarios

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    1. No consigo ver la foto, no se si el enlace ha dejado de funcionar.. estaba justo buscándola y he llegado al blog, a tu respuesta y ..
      casi.
      Por favor

      1. Ay, me temo que no hay foto. Cuando escribí esta entrada, no quedaban demasiados rastros y parece que ahora todavía menos. Lo siento.

  1. ¡Muchas gracias, Antonio!

  2. Recuerdo la pintada, ¡pena de foto!

    1. Sí que es una pena, sí.

  3. Yo he visto durante mucho tiempo esa pintada. Es verdad!!!…
    La leía todas las veces que aparcaba mi coche en la misma Francos Rofdríguez o en las calles aledañas. Tambien se podía ver desde la ventana de la cocina de la casa de Adela, una chica muy guapa a la que yo, desde hacía tiempo, profundamente amaba. Adela vivía en un edificio justo enfrente de esa valla. Tan cerca estaba su puerta, que hasta ella misma leyó la frase, desde esa su ventana, por la que una tarde me vio salir del portal de su propia casa mientras yo me alejaba solo, triste, con la cabeza gacha, haciendo que mi vista hacia en el suelo, permaneciese allí clavada. Seguramente, no supe o no pude entender lo que realmente nos pasaba.
    Esa fue la tarde en la que Adela me dejó y yo desengañado, no me dí cuenta de que andaba sin rumbo fijo, con la mirada perdida y sin poder reconocer nada, mientras iba de un lado a otro del muro roto de de ladrillos rojos y pintura blanca, con esa frase mil veces escrita y que siempre reaparecía pintada. La misma frase que aunque pasasen los meses, incluso años, yo ahí siempre la encontraba: Amor mio, no hay palabras.

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