5 de julio, 16:30

Rompiendo la costumbre, hoy no escribo hasta después de comer.
La etapa no tenía mucho: un comienzo pestoso y lioso, aunque sin mucha pérdida, y mucha carretera, el antiguo Camino Real. Era bastante corta, salía las ocho menos cinco de Miraz y a la una y media estaba en Sobrado. Lo único casi que reseñar es que el tobillo izquierdo ha estado a punto de decir basta; demasiado tiempo forzando posturas con el bastón, me parece. He estado puteado, pero en cuanto he colgado el bastón lo peor ha pasado.
Ayer llegó otra pareja que todavía no ha llegado a Sobrado. Se les va a hacer largo hasta Santiago, yo me levanto tarde, pero ellos más todavía.
El hospitalero de Miraz es un inglés cincuentón y muy simpático. Trajo a su sobrino, un adolescente pelirrojo con orejas de soplillo, y nos contó en el bar que se había peleado con Conchi, la hospitalera de Baamonde, por haber mandado a 40 a Miraz…
Cenamos todos juntos pasta que habían traído Kepa e Inés. Va a haber que comprarles algo, miraré en la tienda del monasterio.
«Enhiesto surtidor de sombra y sueño», dijo Gerardo Diego al ciprés de Silos. Aquí no parecen cipreses, parecen arbustos a lo bestia. Hay 4 en este claustro, el de los medallones, y 2 en el de peregrinos.
Sobrado es precioso. Se nota que estuvo abandonado, pero es precioso. Lástima que el techo del claustro de los peregrinos no esté acabado.
La iglesia parece salida de una leyenda de Bécquer. No hay nada, excepto arquitectura: casi ni velas, ni un retablo ni nada. Sólo las bóvedas y las capillas, y tres sepulcros, además de las tubas de los frailes en el presbiterio. Todo muy adornado a lo neoclásico y muy, muy bonito. Bueno, mentí, sí hay una maqueta de la caterdal de Santiago en resina, enorme, de quizás cinco metros de lado.
Dan menos cuarto. Las campanadas se meten en los oídos y resuenan. Un ájaro baja a picar al calustro y dos niños de visita se ríen. Miraré a ver si hay visitas guiadas y luego seguiré.

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