La última cima

23 de julio de 2010

Había oído hablar de esta película, Ángel me lo había comentado también e incluso ha acabado apareciendo nada menos que en El País. Así que finalmente me decidí a verla. E hice bien.

El comienzo es impactante: una mano dibujando unos trazos de carboncillo sobre papel blanco. Poco a poco se va viendo la figura que está componiendo: una crucifixión. Y cuando parece que vamos a ver a Jesús en la cruz, la sorepresa: un cura con su alzacuellos pero sin rostro. Es completamente apologético*, con eso de “si crucifico a un sacerdote, me admiran. Si lo pongo bien, me crucifican a mí”. Pero hay algo de verdad en eso.

No está de moda la religión, y mucho menos la misma idea de los curas. Evidentemente, hay un montón de casos absolutamente rechazables; no pienso sólo en los escándalos de pederastia** sino, por ejemplo, en la lamentable gestión de Ibercaja por parte de la Iglesia en Córdoba. Sin embargo, me parece que el nivel de exigencia que hay para con los curas es inmenso, mucho mayor que en relación con cualquier otra profesión.  (Y es  cierto que alguien que dice haber dedicado su vida a los demás debe ser exigente consigo mismo y exigido por los demás, pero …)

Sin embargo, la película no va por un camino especialmente polémico. El protagonista, Pablo Domínguez (necrológica de El País), era un cura diocesano de esos que van (casi) siempre con el clergyman en la garganta y tenía cargos de responsabilidad dentro de la Iglesia de Madrid: decano de la Facultad de Teología “San Dámaso”, colaborador de Rouco Varela, apariciones en la COPE (y quien piense que salir en un medio de comunicación no es una responsabilidad, que lo piense otra vez). Pero lo que llamó la atención de Juan Manuel Cotelo, director de la …iba a decir “cinta”, pero sólo se distribuye en Blu-Ray, moderneces de la vida… Lo que llamó su atención al conocerlo grabando una conferencia suya fue su personalidad, su forma de ser. Era, como dice Cotelo, “un buen cura”.Un buen cura al que le gustaba la montaña (algo que a mí no puede más que hacerme simpatizar con él) y que vivió su vida de forma plena.

Cotelo conoció a Domínguez por insistencia de un amigo, que casi le ordenó que fuera a ver una conferencia que daba. Y le cautivó. Pero doce días después, el cura aprovechó unos ejercicios espirituales que dirigía en Teruel para subir con una amiga al Moncayo, y allí encontraron la muerte al caer por un abismo de 1900 metros. Este hecho sirvió quizás como acicate para que Cotelo empezara a investigar la vida del cura.

Antes decía que Pablo Domínguez parecía “un buen cura”. A mí, por ejemplo, me llamó la atención la sonrisa que tenía en todas las fotos. Quizás, como me ha dicho mi cuñada, era de esas personas que tenían una sonrisa de foto pero, sea como sea, me parecía una sonrisa abierta, franca, la misma sonrisa en una foto con Rouco o con Benedicto XVI que con sus sobrinos.

Y parece que realmente era así. En la cinta se suceden amigos, obispos, familiares, curas… Y todos coinciden en sus apreciaciones: Pablo sabía vivir su vocación de servicio en todo momento, anteponiendo siempre a los demás frente a sí mismo. Y todos recuerdan lo mismo: su alegría y buen humor, su amor por la montaña, su comprensión… Sus sobrinos dicen que todos se peleaban por confesarse con él y cualquiera que haya estudiado en colegio de curas sabrá que eso no es precisamente lo normal.

Hay testimonios impactantes. Uno que cautivó mi atención es el momento en que una amiga de Pablo recuerda, con su hijo pequeño en segundo plano, cuando su ginecólogo le dijo que el hijo que esperaba tenía deformidades y se ponía a organizarle el aborto, sin pensar en la madre destrozada que tenía delante. Pablo se enteró, fue a verla y la convenció para que tuviera el hijo. El niño nació, fue bautizado y murió a los tres días. No hubo milagro, el niño que aparece detrás es hermano de ese. El aborto es un tema duro, controvertido, pero me parece que La última cima no lo presenta como un testimonio pro-vida, sino como un ejemplo de la forma que debía de tener Pablo de ver la vida con optimismo. Si crees que Dios te ama, todo es más fácil. Aunque a veces parezca que Dios te ha abandonado, y no hay momento peor que enterarte de que tu hijo está condenado.

Así, me parece que el tono controvertido del inicio no se mantiene, es más una forma de llamar la atención para poder exponer mejor lo que pretende la obra. Quizás, aparte del combativo comienzo, el único pero que puedo ponerle a la película como cristiano más o menos comprometido y crítico es sencillo. Intercalados con los testimonios de las personas que conocieron a Pablo van apareciendo entrevistas callejeras con gente que refleja las críticas que suelen hacerse a la Iglesia. Una de ellas es una mujer de mediana edad que comete un error, se inventa una palabra. En mi humilde opinión, creo que eso no debería haberse incluido en la película. Y me explico.

Los destinatarios de La última cima son dos, me parece a mí: católicos deseosos de recibir una dosis de autoestima y personas interesadas por la religión de mente abierta. Y me parece que a estos últimos les da igual ese fallo, pero por el rumor que se extendió por la sala cuando sucedió ese lapsus, y lo que dijo la persona que se sentaba a mi derecha me hizo ver que muchos integrantes del primer grupo se van a quedar en el “Qué dice, si ni siquiera sabe hablar”, cuando lo que dice es algo muy presente en la sociedad actual y merece la pena que lo escuchemos.

¿Posibles críticas a Pablo? A pesar de ser cura, manejaba dinero: era capaz de volar de Madrid a ¿Cádiz? (no recuerdo exactamente, estoy escribiendo de memoria) para acompañar a un amigo en un mal momento y volver en el día. Pero hombre, si gastaba en eso el dinero, tampoco está mal, digo yo. También se le puede achacar estar integrado en una diócesis ultraconservadora como es Madrid, pero en el documental aparecen varios ejemplos de su tolerancia. ¡Si hasta tenía amigos gays! Bueno, ironías aparte, todos coinciden en que era una persona acogedora, como debe ser la Iglesia.

Durante toda la proyección, la palabra “santo” ronda mi cabeza, no tanto por lo que hizo Pablo como por la huella que ha dejado en quienes le conocieron. Y suponía que acabaría saliendo, y así es. Pero esto no es una hagiografía de un santo, sino de una persona, de un cura bueno.

El caso es que me da la sensación de estar siendo muy crítico, pero la verdad es que la película me pareció muy interesante, pues Pablo es una figura muy interesante. A mí, que un cura haga chistes, vaya a la montaña y deje buen recuerdo me parece casi lo normal, así son (casi) todos los sacerdotes salesianos jóvenes que he tratado. Pero hay que decirlo más: un cura es una persona normal y así debe vivir, aunque sus opciones de vida sean minoritarias y a veces incomprendidas.  Ojalá este documental sirva para que algunos sacerdotes recuerden qué significa su ministerio, para que algunos católicos recuerden cómo hay que vivir la vida y que algunos no creyentes, por lo menos, sientan curiosidad por el mensaje que hizo que Pablo viviera así su vida: el Evangelio.

Un detalle postrero: si La última cima ha sido la película más rentable cuando se estrenó, midiendo la ratio espectadores/copia. Eso significa que en España hay más personas interesadas por la religión católica de lo que podemos pensar.

Referido a la defensa de la religión frente a ataques externos.

Por dar otro punto de vista: otra forma de ver esto es que los pederastas tienden a trabajar con niños. En un país como España, por tradición, muchos niños han estudiado y estudian en colegios católicos. Eso significa que un cura pederasta lo tiene fácil. Pero esto también significa que la mayoría de pederastas que no son curas trabajan en guarderías, coles, etc. Y nunca he oído decir “Todos los cuidadores son unos pederastas”. Y sí he oído decir “Todos los curas son unos pederastas”. ¿Mala fama inmerecida? Sin duda.

Queja de Dámaso Alonso

2 de junio de 2009

(…)Señores, paren, paren: hay que bajar.
Hay que bajar, ahora mismo.
Porque hay sangre por todo el mundo,
y yo necesito saber quién vierte la sangre,
y por qué se vierte y en nombre de qué se vierte.

Dame, oh gran Dios, los ojos de tu justicia.
Porque en el mundo reina la injusticia.
Tú no creaste la injusticia. Alguien ha creado la injusticia.
Alguien es el injusto, y yo necesito verle la cara al injusto.
Proque hay mentira y quiero ver sus fuentes ocres.
Ojos míos, alerte, alerta:
yo quiero ver qué brazos ahogan la justicia de Dios, qué bocas retuercen su verdad.

Dámaso Alonso

¿Y la crisis es algo de ahora?

Creo en los reyes, pero no en Dios

15 de enero de 2009

Copio y pego (poniendo un par de mayúsculas y eliminando la imagen por no hacer hotlinking como únicos cambio) un artículo de La pureza está en la mezcla, el blog de Martín Varsavsky en El Mundo.

El día de Reyes recordé una discusión que tuve con un íntimo amigo español cuando me mudé de Nueva York a Madrid. Resulta que mi amigo madrileño, que curiosamente no cree en Dios, pero se llama Jesús, sabía que mis hijos estaban enterados de que los Reyes Magos eran los padres y estaba preocupado por que le revelaran la verdad a sus hijos. A Jesús le encantaba el mágico momento que sus chicos se despertaban y encontraban los regalos dejados por los camellos.

Al mismo tiempo, a Jesús no le parecía contradictorio nunca hablarle a sus hijos de Dios, pero sí hablarles con tanto entusiasmo de los Reyes Magos. Es más, cuando le saqué el tema me dijo: “si yo no creo en Dios, cómo les voy a hablar de Dios”. Claro, pensé yo, me imagino que sería complicado para Jesús si les hablara de Dios a los chicos y un día tener que revelarles que no sólo él era un Rey Mago, sino también el único Jesús que existía. Pero igual me parecía de incoherente este tema de defender a los Reyes Magos por encima del niño Jesús que supuestamente recibía sus regalos. O todo o nada pensaba yo. Y en mi caso era claramente nada.

La idea de mentirle a un chico, digamos hasta los 7 años, no tenía mucho sentido. Creo que mentir o ser incoherente deja secuelas en la educación infantil. Pero cuando salí a buscar aliados para defender mi postura, fracasé rotundamente. Hice una encuesta informal entre mis otros amigos españoles y descubrí que la mayoría de ellos no eran creyentes, pero si les contaban el cuento de los Reyes Magos a sus hijos tan convencidos como Jesús. El tema fue debatido en una excursión de bici de montaña por la Sierra Pobre y mi postura quedó sin ningún apoyo. Miguel, Amaro, Christoph, Antonio… todos estaban con Jesús. No a Dios, pero si a los Reyes Magos era el eslogan de la Peña.

Finalmente, intimidado por las circunstancias, junté a mis 3 hijos y les dije que ni se les ocurriera revelarle a sus amigos que los Reyes Magos no existían. Eso sí, les aclaré que con Dios no tenían nada de que preocuparse. Su existencia podía ser cuestionada sin problema.

Un Dios inocente, un Dios impotente

26 de diciembre de 2008

Para lo tímido que soy, mi vida sentimental ha sido bastante, digamos, movida. Y es normal, si eres creyente, pedirle consuelo a Dios. Pero normalmente no nos quedamos en buscar consuelo, sino que le pedimos explicaciones: ¿Por qué? ¿Por qué me ha tenido que pasar esto a mí? Creo que esta reacción tan humana tiene mucho que ver con el problema del mal en el mundo, a una escala mucho menor, claro.

Si se intenta aplicar la lógica a algo que, al fin y al cabo, es una cuestión de fe, creo que podemos encontrar dos problemas.

El primero es la inocencia de Dios. Estuve hablando el otro día con Cimarra, un chaval de La Balsa, y me planteó la gran pregunta que todo el que se plantea la noción de Dios: ¿cómo permite Dios el mal en el mundo? La respuesta que yo le di, que no sé si es satisfactoria —dudo que haya una respuesta verdaderamente satisfactoria— es que Dios nos ha creado libres, y cada uno emplea su libertad de manera autónoma. Dios no tiene la culpa de nada de lo que hagan los hombres. No puede serlo, porque si no, no seríamos verdaderamente libres. Así pues, Dios es inocente.

Bien; y, entonces, ¿por qué Dios no hace nada por evitarlo? Pues porque no puede. Él mismo se lo impide. Si actuara, también coartaría nuestra libertad. Últimamente se está poniendo de moda entre las comunidades de mi parroquia hablar de un Dios todocariñoso, que a veces no puede hacer otra cosa que sufrir con nosotros. La única manera que tiene de actuar es mediante mediaciones, no directamente, así que no nos puede evitar el dolor. Sólo consolarnos y compartir nuestro dolor.

Así que, aunque en malos momentos haya estado tentado de echarle en cara estas cosas. ¿Qué te he hecho para merecer esto? ¿Por qué no me ayudas? La respuesta es: “Nada. Porque no puedo”.

La libertad es un don, pero también un reto enorme.

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